jueves, 4 de agosto de 2011

Ansiedad de vida

"La vida no termina de gustarme todavía. Y más vale que se vaya poniendo interesante de una vez. Más le vale. Por eso, la idea es sacarle el jugo mientras dure, a ver si al final se le encuentra el sabor, chuparle todo el tuétano hasta que no le quede nada. Me exaspera pensar en la cantidad de canciones que no he escuchado, de libros que no he leído, de corazones que no he roto, de ciudades que no he visitado, de dolores que no he sentido, de carnes, frutas, licores y drogas que no he probado, de palabras que no he dicho, de idiomas que no he hablado, de secretos que no he conocido, de abrazos que no he dado, de hijos que no he criado, de labios que no he besado, de historias que no he oído, de conversaciones que no he entablado, de errores que no he perpetrado, de disculpas que no he pedido, de cartas que no he escrito, de playas que no he conocido, de golpes que no he asestado, de ternuras que no he sentido, de venganzas que no he cobrado, de cuerpos que no tocado, de fugas que no he emprendido, de regalos que no he recibido, de regalos que no he dado, de amores que no he tenido, de sapos que no me he tragado, de velocidades que no he alcanzado, de miradas que no he sostenido, de religiones que no he profesado, de dinero que no he dilapidado, de heridas que no he inferido, de heridas que no he curado, de aguas que no he navegado, de batallas que no he peleado, de rendiciones que no he firmado, de alturas que no he conseguido y, sobre todo, de despeñaderos por los que todavía no he rodado. Todo esto me impacienta mortalmente, me saca de quicio. Si no fuera por estas únicas razones, no me importaría, si se ofrece, morirme mañana mismo."

(Fragmento de la columna "Amores pirañas" de Beto Ortiz, publicada en Peru21 el 22 de setiembre de 2002)

martes, 11 de enero de 2011

Bisa Vuela y María Elena Walsh también

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Se murió María Elena Walsh, autora argentina de uno de mis cuentos favoritos de la infancia: Bisa Vuela, que trata de una anciana que pilotea su propio avión y sobrevuela el mundo. Cuento revolucionario en un mundo donde las mujeres de los cuentos solían ser princesas, madrastras o niñas buenas.

Entre 1986 y 1987, llegó a Perú la colección VeoVeo de libros y revistas para niños. Mi madre y mi abuela me compraron algunos números de la revista, que venía acompañada de dos libritos en cada edición. Fue así como leí la historia de Bisa Vuela, una ancianita que un día decide arreglar un avión para recorrer el mundo con él, y es adoptada como bisabuela por los niños de cada país que visita, acompañada siempre de su grillito Pachimú. Era un libro genial, en el que la protagonista no era una muchacha sumisa y delicada esperando por el príncipe azul, sino una señora original que tomaba las riendas de su vida. Recuerdo mucho una frase acerca de los viajes de Bisa (no tengo el libro a la mano porque se lo regalé a mis sobrinitos, así que solo parafraseo) : "Hablaban distintos idiomas, pero se entendían con el lenguaje del cariño".

Con el tiempo, el nombre de María Elena Walsh volvió a aparecer en las poesías de los libros de lectura Senda de Santillana (geniales novelas para niños editadas para la educación básica española, de las que debería escribir alguna vez) y se me quedó en la memoria como uno de esos primeros recuerdos nubosos de la niñez.

Y hoy (bueno, ayer) que ha muerto, me he enterado de que sus relaciones amorosas siempre fueron con mujeres: una folklorista, una directora de cine y una fotógrafa (Sara Facio, autora de este famoso retrato de Cortázar: http://ir.pe/3pao). Pienso un poco y recuerdo a Bisa Vuela, y me pregunto si ese personaje de mujer independiente, autónoma, sospechosamente soltera y sin hijos no representaría veladamente a la propia Walsh. La flaca viejecita Bisa de Bisa Vuela era lesbiana y yo recién me percato, aunque creo que en el fondo siempre lo sospeché.


Descanse, María Elena y muchas gracias.



jueves, 29 de julio de 2010

Cuando incursioné en la fotografía

Estaba regresando feliz de mi cuarta visita a la Feria del Libro, y una pareja me ha pedido que le saque una foto. Un chico y una chica. Todo esto ha sucedido en la primera cuadra de la Av. Arequipa. Me han metido la cámara en el hocico mientras caminaba toda seria con mi bolsa del botín libresco, diez nuevos ejemplares a precios de ganga; la realización es doble si estuvieron de oferta, como pagar unos cuantos soles por una estancia en el paraíso.

- ¿Horizontal o vertical? - les pregunto, porque no sé cómo quieren que sostenga la cámara plateada, y tengo miedo de que venga un choro y me la arranque, ya que solo puedo usar una mano (la otra tiene la bolsa), y no quiero que me impliquen en un robo y terminar en la comisaría donde seguramente van a botar todos mis libritos a la basura, porque, no es por nada, pero juraría que los tombos ni siquiera han terminado de leer el Código Penal.

- Que se vea la estatua rara - me dice el chico, colocándose al lado de la chica, refiriéndose al monumento de no sé quién que está en la plaza que nosécómosellama (Bélgica es la plaza, lo he averiguado después en el Google Maps, lo de la escultura, aún no; Melgar, Mariátegui y Haya de la Torre están unos metros más allá; ¿este otro quién es y qué rayos hace aquí con esa pose tan provocadora?). Se tocan con los hombros y miran a la cámara. Yo no sé si son amigos o novios, o algo entre ambos, pero se les ve bien. Son muy jóvenes y sonríen. Brillan. Toda la imagen brilla en la cámara con tonos amarillos y se ve más luminoso de lo que es en realidad. Se les ve bien, felices, sanos. "Uno, dos, tres." Les saco la foto torcida.

- Otra - les digo, porque quiero que la foto salga derecha. No estamos para hacer improvisaciones artísticas.

A lo mejor no es la cámara, a lo mejor son ellos. Se ven tan frescos, contentos, jóvenes. Nunca he sabido calcular edades, pero se nota que son chibolos. Están alegres, tranquilos, relajados. Por eso, la foto sale muy clara y luminosa. ¿Son novios? ¿Son amigos? ¿Son amigos que están a punto de ser novios? Por un momento, los amo. Me siento bien durante esos breves segundos en que hemos compartido tiempo, como si me hubieran invitado a tomar té con biscotelas y hubiésemos charlando por horas.

Saco la segunda foto, les devuelvo su cámara y me agradecen. Creo que se hacen bromas cómplices pero yo ya no los escucho. Me voy caminando con mi paquete para no interrumpir tanta intimidad, un poco apurada como si les hubiera robado biscotelas y me las hubiera guardado en los bolsillos. Lo contenta me dura aún en el paradero y en el viaje a casa, aun en la couster repleta de pasajeros.

Al llegar a casita, le he enseñado todos los libros comprados a mi abuela. Acto seguido, he abierto la laptop, me he colocado los audífonos, he puesto muy alto una canción bien pacharaca que nunca confesaré que me gusta y he escrito esto.