lunes, 4 de mayo de 2009

Día treinta

He cumplido un mes en mi nuevo trabajo y no me puedo quejar. Antes no había maldecido tanto mi trabajo anterior, pero ahora soy consciente de que era una buena mierda. Acá, con que haya manzanilla gratis y aire acondicionado sería suficiente para ganarle por varios cuerpos a mi puesto de antes. Pero es mucho más que eso. Lo mejor y lo genial es que en el local de tu chamba haya un enorme edificio lleno de libros, videos, discos y computadoras totalmente a tu disposición. Es lo mejor de este nuevo trabajo: no sólo me pagan por venir y hacer algo que me sale muy bien, sino que, además, puedo leer todos esos libros, ver los dvds y usar las computadoras cuando quiera. He revisado la sección de literatura de la biblioteca y está bien surtida de escritores actuales, para ser más específica, de escritores cuyos libros se venden en las principales cadenas de librerías: Bolaño, Vila-Matas, Murakami, Montero, Auster, Pamuk, Highsmith, etc. Y la biblioteca parece surtirse cada tanto de lo ultimito. Eso quiero decir que puedo hacer un control de calidad antes de arriesgarme a malgastar plata en un bluff literario con muy buena publicidad.

Me gusta el edificio de la biblioteca porque hay ventanales enormes por todos lados. Parece que alguien me adivinó la claustrofobia. Pensándolo bien, le adivinó la claustrofobia a medio mundo. Y, claro, desde cualquier parte puedo ver el cerro, mi cerro, mi apu. Ese que me despierta el complejo de Heidi, abuelito dime tú. Me basta alzar la vista del ejemplar que estoy leyendo para no desesperarme. Me he desesperado mucho con las peripecias de Reinaldo Arenas en la Cuba de Castro, cuando ser loca equivalía a ser capitalista-reaccionario-revisionista-pervertido. Luego me he desesperado más al día siguiente cuando he descubierto que alguien ha pedido prestado el libro y no sé cuánto tardará en devolverlo (hay un solo ejemplar de esa novela). También me desesperé cuando desapareció el volumen de cuentos de Salinger. Primero Salinger y ahora Arenas. Parece que alguien me está siguiendo los pasos literariamente y se burla de mi entusiasmo cuando encuentro un libro que me gusta mucho.

Lo malo y lo bueno de este lugar es el aire acondicionado. Lo detesto. Lo agradezco y los detesto a la vez. Nada me reduce más al estado neandertal que el calor, el calor maldito que convierte mi cerebro en barro gris humeante. Me imagino como esos robots de caricatura a los que les sale humito de la cabeza y el aire acondicionado puede ser lo máximo en esos instantes. Sin embargo, la desilusión del aire acondicionado parte de mi relación con las bibliotecas. Lo advertí como a las dos semanas de ir regularmente a revisar libros. Las bibliotecas, para mí, deben tener olor a papel viejo, amontonado, semiapolillado. Ese es el verdadero olor de una biblioteca, pero esta biblioteca huele a nada, NADA. No tiene olor. Así como la loba busca el olor de sus cachorros, yo soy un animalito nerd que busca el olor de sus libros. Esto no puede ser una biblioteca, las bibliotecas huelen a papel viejo y punto. Es un depósito de libros, un archivo, un armario. No es biblioteca. Es demasiado aséptica. El aire acondicionado y el eficiente servicio de limpieza se lo han llevado todo, el poncho y la guitarra, el verso y la palabra. De los ejemplares no sale ni el más leve olorcito de papel arrugado.

Cuando era niña y no tenía para comprar libros (me había acabado todos los que tenía en casa, cual Matilda), descubrí la biblioteca de un colegio del barrio. Era la primera vez que acudía a una biblioteca pública. Estaba en una especie de oficina anexa en el amplio terreno del colegio. Entraba por el enorme portón de metal, en las tardes, cuando ya todos los escolares estaban jugando nintendo o agarrando con el vacilón de turno, y el local estaba desierto. Caminaba todo el patio hasta el local de la biblioteca, abierta a cualquiera que pagara unos cuantos solcitos para inscribirse (recuerdo con cariño mi viejo carnet de cartulina), y revisaba los ficheros viejísimos (tipeados con máquina de escribir) o, a veces, la encargada, una mujer discapacitada que siempre andaba de mal humor, me dejaba revisar directamente los estantes para elegir lo que quisiera.

Era perfecto tener todos esos libros solo para mí (casi literalmente solo para mí, pues no acudía casi nadie en las tardes, salvo uno o dos escolares que buscaban a última hora datos para sus tareas en la era pre internet) en vez de hacer el trámite con la encargada, a la que no le agradaba que yo cambiara de opinión en menos de diez minutos, y sentarme a leer en silencio, con ese olor a libro viejo que se impregnaba en las paredes color verde agua. Podía leer un libro de un solo tirón, como llegué a hacer varias tardes, en la silenciosa compañía de la encargada. Solo una vez me atendió alguien distinto: un chico que nunca supe si era joven o adolescente. Quién sabe qué estaría haciendo ahí, si era pariente de la tipa odiosa, un auxiliar o un escolar de quinto tratando de ganarse una nota extra. Fue la primera vez que me sentí comprendida por alguien en una biblioteca y creo que ha sido la última. El chico debió haber notado mi cara de indecisión al momento de pedir un libro. ¿Te gusta leer? me preguntó, seguramente sorprendido de que existiera alguien en ese barrio limeño que fuera a una biblioteca solamente para leer por diversión. Dije que sí. ¿Qué te gusta leer? No sé, historias fantásticas, ciencia ficción, de todo. Me dijo: espera. Desapareció de la ventana que separaba los estantes de las mesas de lectura y regresó al poco rato con un ejemplar de El hombre invisible de H. G. Wells, la típica edición roja de Oveja Negra. La empecé a leer y me gustó mucho, pero por alguna razón que ya no recuerdo, no la terminé. Tampoco volví a encontrar al chico amable que suplantó, aunque sea por un día, a la arisca y, al parecer, eterna encargada.

Otra biblioteca donde he sido feliz fue la de mi último colegio. También olía a papel viejo. Entraba durante algunos recreos o regresaba algunas tardes y leía cuentos como El corazón delator, que venía en una antología con dibujitos. En esa biblioteca también leí mis primeros textos de ateísmo. Me conmueve un poco recordar que a la directora, una mujer muy devota de la virgen de nosequé, le agradaba mucho que yo me quedara a "estudiar" en la biblioteca que casi nadie usaba (cosa que agradecía porque odio compartir la mesa de lectura), cuando en realidad yo no me quedaba a estudiar sino a pasarla bien y a buscar en el diccionario filosófico el significado de ateísmo y agnosticismo.

Pero no todo es malo y ya se sabe que yo siempre encuentro un motivo para quejarme. A decir verdad, lo único realmente malo es esa falta de olor. Salvando eso, me encanta esta biblioteca. Ni en mi alma máter se podía lo que se puede en esta: sacar los libros directamente de los estantes y revisarlos sin tener que llenar cojudos formularios o tratar con burócratas aburridos. Hasta hay una maquinita para hacer préstamo automático y eres feliz. Yo, por lo menos, aún no lo soy, pues todavía no me dan el acceso al sistema. Por lo pronto, cada vez que puedo voy a la sección de literatura y me siento como niña en juguetería. Pero primero tengo que encontrar al maldito (o maldita) que me birló el ejemplar de Arenas, que debe ser el mismo que se llevó mi Pez Banana de Salinger y lo devolvió cachosamente el mismo día en que descubrí que se habían llevado el otro libro, para sacarle su madre. Sí, señor.

21 comentarios:

Eve dijo...

Probablemente a alguien de tu especialidad le suene a marciana por no haber leído muchos de los libros que mencionas (si no todos), me percato que debo de leer más. Ya me pongo al día, gracias "Oráculo literario"

Pierre dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pierre dijo...

Reginaaaa, esa es mi bibliotecaa!! probablemente la más importante biblioteca de mi vida aunque no tenga olorrr xDDD. yo retomé el gusto por la lectura en la universidad. De ese lugar saqué las antologías de cuentos de Bryce, de Cortázar, Shortcuts de Carver, Salinger, Bukowski, Ribeyro, Vargas Llosa, García Márquez, Fuguet, Kerouac, ta mareee todoooo. tengo que volverrr un día de estossss

Regina LC dijo...

EVE: los autores que he mencionado son, en su mayoría, escritores de moda en las librerías peruanas (sobre todo murakami). ni siquiera basta leerlos para conocerlos (aunque yo ya he leído a bolaño, vila-matas, highsmith, murakami y montero), tan sólo date una vueltita por crisol o ksa tomada.

PIERRE: qué genial que hayas retomado el gusto por la lectura en esta biblioteca. a mí también me gusta mucho pese a la falta de olor. he descubierto libros que hace tiempo quiero leer y que no puedo comprar porque están carolinos. creo que eres de las pocas personas que pueden entender mi emoción por haber encontrado este sitio.

Francisco Joaquín Marro dijo...

TE MUDASTE, CHICA.
AH, Y NO SABES LO BARBARO QUE RESULTA LIGAR EN UNA BIBLIOTECA.

Flucito dijo...

Así se van haciendo las cosas mientras vayas subiendo, del barrio al colegio, del colegio a la universidad, luego en el anterior trabajo y ahora allá, arriba, cerca al cerro, todo limpio, todo bien. El olor ahora te toca llevarlo a ti.

Regina LC dijo...

creo que puedo llevar termitas. en los muebles de mi casa hay varias :/

Edadsol dijo...

alaaa yo ya perdi mi biblioteca u_u
los problemas de acabar la universidad, en realidad creo que el peor
tamare.

regina te odio xD

ahora lo unico que me queda es comprar libros U_U

que karma

kara::kara dijo...

la biblioteca huele a NASA a NASAAAA

martín soto florián dijo...

Hola,
primera vez aquí!
tengo una inquietud, fácil me respondes al mail, no lo sé, pero dime, dónde queda ese bendito recinto?
esta en Lima,verdad?

bueno, un abrazo, y gracias por el post!

m.

kela dijo...

Ojala que sea una linda chica la que se lleva los libros que tanto te gustan y luego un día de esos tu obsesionada por el libro y ella camino a devolverlo se encuentren por el pasillo y surga el amor jaaaaaaaaaa!!! bien de novela no?

Un abrazote y disfruta muchisimo tu nuevo job.

Sofy M dijo...

Que suerte que te gusta más que el anterior.Besos.

Carlitos Lavida dijo...

Yo tenía una biblioteca cómoda en Orval donde lo que mas había eran libros de diseño y claro los de pintura que me revisaba a cada rato y con tan poco tiempo en realidad que me hice amigo del bibliotecario , que es una buena táctica para sacarte libros despues de un tiempo de entablada la amistad , pero parece que todos usaron ese ardid y al ciclo siguiente lo botaron por que detectaron que faltaban un par de librasos caros. Despues pusieron una bibliotecaria con mala cara y yo me retiré del instituto.

Eleafar Cananita dijo...

no se. eso de de las bibliotecas sin olor a termita, lepisma, caca de polilla o humedad no me convence.

pd: quien coño es murakami

Regina LC dijo...

a mí tampoco me convence mucho, pero al menos tengo hartos libros.

murakami es un autor ponja de moda.

martín vargas dijo...

Nada, sólo para decirte que leí de pe a pa tu crónica. Tus adjetivos, tus deja vu, tus flash back...todo bien puesto.
Fue un placer leerte.

un libro que el médico recomienda:
"Rojo y negro"
saludos desde mi galera sin esclavos.

Regina LC dijo...

se agradece la recomendación. he de leer ese clásico.

El Chichero dijo...

un diario chicha de vez en cuando no cae mal ante tanta noticia desinformada

Carlos Lavida dijo...

Creo que el viernes te vi desde el micro , estabas entre Aviación y Angamos como a las 5:30??

Giani_TheKid dijo...

¿Andas mejor el ánimo que el día 1 aunque no haya más sol?

¿Dónde queda eso? Parece la Babel de Borges. Amén.

Creo que lo más interesante de una biblioteca es poder acercarte al estante y leer los títulos y autores, ojear las portadas y las ediciones. Así como en las tiendas te dejan jugar un rato con los juguetes y disfrutar de ellos aunque no tengas un duro en el bolsillo. Qué pajola.

Isaac Oré dijo...

Yo tuve en mis manos el libro de Arenas. Yo sí tengo acceso a la maquinita, para poner código y contraseña.