martes, 14 de julio de 2009

Algo supuestamente divertido que nunca volverás a hacer

Estoy leyendo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer de David Foster Wallace, libro que encontré en la biblioteca de mi chamba. El autor es un tipo que se ahorcó el año pasado. Podrías pensar que no fue un suicidio sino uno de esos extraños pajazos en los que algunos patines se ahorcan para conseguir mayor placer (había oído bastante sobre el tema, pero la única vez que he visto ilustrado este tipo de masturbación con consecuencias mortales ha sido en un capítulo de Six Feet Under, no recuerdo la temporada, creo que era la segunda), pero Foster Wallace era depresivo. Un tipo inteligente, buena gente (según sus amigos y conocidos) pero depresivo que finalmente sucumbió ante la crisis. No sé mucho más acerca de su vida. No se le conoce mucho en español, pero hay algunos libros suyos editados para la colección DeBolsillo de Random House Mondadori. Quiero leer La broma infinita, bodoque de más de mil páginas considerado libro de culto, o Hablemos de langostas, título que basta para que me den ganas de comprarlo.


La primera vez que supe de Foster Wallace fue por la nota periodística de su suicidio que se publicó en algún diario local. Se le alababa mucho llamándolo, entre otros elogios, un ‘Dickens moderno’. Apenas he leído unas páginas de Algo supuestamente divertido…, pero no le encuentro aún el parecido a Dickens. Tal vez sea el sutil humor británico (aunque Foster era estadounidense) y la capacidad de observación. Foster se embarca en un crucero y lo observa todo. Todo. Desde las extrañas costumbres de alguien que sólo sale a cubierta para dormir hasta la paranoia del capitán que lo cree una especie de espía. Como buen escritor, tiene que ser un buen observador.


De todos modos, lo que me llevó a leer a Foster Wallace fue el saber que se había suicidado. Esto debe de ser una de las razones más snobs que existan, aunque yo opino que es una auténtica curiosidad. Curiosidad porque siempre se quiere saber por qué diablos se mata alguien y si acaso ha dado alguna señal en sus textos. Identificación tal vez. Ok, lo dije. No lo vuelvas a decir, esa palabra me da miedo. Está bien. ¿Por qué se puede matar un tipo buena gente y muy tranquilo? No lo sé. Foster era profesor de escritura creativa en la Universidad de Illinois (ciudad de la que sólo tengo noticia por un disco de Sufjan Stevens), no era un drogadicto que va de rehabilitación en rehabilitación o un vagabundo que vive angustiosamente de su cheque del paro. Pero tú ya sabes que el infierno, querida mía, no necesita escenarios, y eso hace que quienes lo sufren rara vez logren la empatía del respetable público. Imagino que a Foster deben de haberle dicho repetidas veces la misma monserga idiota de “tienes una esposa, un trabajo, una obra, fama ¿para qué te deprimes?”, como si la depresión debiera obedecer a alguna lógica entendible cuyas bases podamos atacar para sentirnos tranquilos.


No hay muchas imágenes de Foster en la red, no muchas, al menos, comparadas con las de, por decir, Stephen King. La foto más popular, la primera que vi de él, es una donde está sentado en un sillón, en posición frontal a la cámara, con una lámpara de bombilla desnuda encendida a su lado (parecía parte de un escenografía teatral). Foster tiene los brazos apoyados en el sillón y las piernas abiertas. Se ve joven, al menos respecto de otras fotos donde sale un poco más abotargado y barbón, posiblemente con varios años más; además, lleva un polo blanco y pantalones jeans, pelo largo y una pañoleta que lo hace parecer un miembro de Guns N’ Roses. Pero lo que me llama la atención de la foto es la mirada. Foster parece un paciente de psiquiatría en la sala de espera, apunta la mirada hacia un punto lejano fuera de la foto. No sé si la foto es posada o estaba muy impaciente al momento en que se la tomaron. Tal vez, simplemente, pensaba en otra cosa. Para mí, esa mirada es de ansiedad.


El tipo debió de haber vivido ataques de ansiedad en los que la mirada y la mente se descontrolan buscando desesperadamente no se sabe qué, y eso es lo peor de todo, desesperarse y no saber por qué. Podrías morirte sin saber qué cuernos es lo que realmente quieres. En casos como esos, lo único que queda es agarrarse fuertemente de lo que sea y esperar a que pase. Claro que después viene el otro lado de la crisis: el vacío, la nada total, no hay ningún punto de búsqueda y, por lo tanto, ni el mínimo cachito de fuerza para levantarse y andar; pero, después de todo ¿para qué andar? ¿Para qué ponerse un polo, el jean, los zapatos? Se sabe que nada espera afuera y todo termina aquí nomás. Y luego la angustia otra vez, la ansiedad y etc. Tal vez, escribir de vez en cuando o lo más seguido posible sea la receta para calmar el torbellino. ¿Pero por cuánto tiempo? A Foster sólo le quedó observar. Eso es lo que hacemos cuando la desesperación manda. Mirar. Coger el primer crucero gratuito que te ofrecen y embarcarte. Bailar, nadar, socializar. O intentarlo. O encerrarte en tu camarote gracias a la agorafobia. (Nunca entendí la agorafobia hasta que me dio por cerrar siempre la puerta de mi cuarto: hay algo sutilmente amenazador allá afuera.) Luego, intentas divertirte. La jodida tripulación quiere que te entretengas, todos los infelices se desviven por ello; todos los clientes se desviven por divertirse, pero, más que nada, por dar la impresión de divertirse. Foster lo encontró un tanto absurdo y luego escribió una crónica al respecto. Quién iba a decir que el título del libro terminaría siendo una ironía macabra. Foster dejó de encontrarle sentido a su vida y de pedir que detuvieran sus impulsos suicidas. Le insistieron seguramente, pero él ya no encontraba la razón de nada. Decidió dejar de vivir, dejar de buscarle a la vida ese sentido que nunca tuvo. Algo supuestamente divertido que nunca volverá a hacer.




7 comentarios:

Lisby dijo...

leí un reportaje al patita en una Somos q seguro fue de octubre. incluía grandes fragmentos de sus textos. me dio curiosidad al toke y al mismo tiempo una cosa rara, esa especie de miedo ante la "identificación" con un patita q decide que ya no va más. lo había olvidado hasta q leí esto en tu blog.

saludos :)

Giani_TheKid dijo...

Los suicidas nos han dejado vastísima producción. ¡Y qué producción! (Asu, eso sonó muy creepy).

¿Crees que uno se suicida por cobarde o porque tiene los cojones necesarios para decir: "No más"?

Francisco Joaquín Marro dijo...

el suicidio siempre seduce. Cuando alguien se mata en la gloria nos preguntamos por qué.
Y aterra preguntarse luego
por qué yo no?

abrazos, y sigamos jalándonos las mechas x feisbuc, es divertido.

francisco

AntonellaB. dijo...

salio una nota de él en DEDOMEDIO. Me llamó la atención la parte del humor... el humor conjugado con la depresión que debio sentir mas de una vez al despertar por las mañanas.

Carlos Lavida dijo...

Lo anotare en mi libretita donde ya hay como 4 libros que me has recomendado entre los casi 30 que poco a poco debo comprar, el problema es que apenas borro uno de la lista y salen 2 nuevos.
En cuanto al suicidio... por ahora estoy evitando el vacio jajaaa, lo importante es hacerse reir un poco a si mismo, sentirse algo identificado con autores suicidas (en cualquier tipo de arte) no es bueno eh

Pierre dijo...

ta mare q paja el título delibro y las fachas del tio. luego me lo prestas pe y yo te presto algo. como los viejos tiempos.

sobre lo que cuentas, no me sorprendería que las razones de un suicida fueran tan extrañas o simples como uno de esos huevos q vienen con dos yemas. hoy por ejemplo, estaba leyendo El extranjero y en un fragmento en el que el sr mersault está a punto de entrar a su departamente y oye como el vecino le le grita "basofia" a su perro, sentí que es muy fácil enloquecer y querer matarse. basta con estar demasiado atento a las cosas.

por eso me gusta aquella tira de Mafalda donde Felipito dice: "eso me pasa por llevar siempre las orejas puestas"

o aquella otra de Fontanarrosa cuando Inodoro Pereyra dice: "las orejas deberían tener párpados"

:D

Gonzalo Del Rosario dijo...

Si